Hay técnicas que nacen para la industria y acaban en los museos. La serigrafía es quizá el ejemplo más claro. Durante buena parte del siglo XX se utilizó para estampar camisetas, rótulos, envases, carteles comerciales: era una manera barata y eficaz de imprimir colores intensos sobre casi cualquier superficie. Y en los años sesenta, de la mano de artistas como Andy Warhol, se convirtió en uno de los lenguajes más reconocibles del arte contemporáneo. Hoy, cuando ves una imagen de colores planos, saturados, con capas que no encajan del todo, es muy probable que estés ante una serigrafía, o ante algo que quiere parecerse a ella.
Cómo funciona
El principio de la serigrafía es sencillo, casi como un estarcido sofisticado. Se tensa una malla muy fina, antiguamente de seda, de ahí el nombre inglés silkscreen, hoy normalmente de poliéster, sobre un marco. Sobre esa malla se bloquean las zonas por donde no debe pasar la tinta, de modo que solo queden abiertas las que forman la imagen. Luego se coloca la pantalla sobre el papel, se deposita la tinta y se arrastra con una racleta, una especie de espátula de goma, que la empuja a través de la malla abierta.
Cada color necesita su propia pantalla. Una serigrafía de cinco colores son cinco pasadas, cinco pantallas, cinco momentos en los que hay que alinear el papel con precisión. Por eso las serigrafías tienen a menudo ese aire tan característico: colores sólidos, separados, y a veces pequeños desajustes entre capas que delatan el proceso manual.
La emulsión fotográfica
El gran salto de la serigrafía llegó con la emulsión fotosensible. Se cubre la pantalla con una emulsión que se endurece con la luz; se coloca encima una imagen en positivo, una fotografía o un dibujo en película transparente, y se expone a la luz. Las zonas que han recibido luz se endurecen; las que estaban tapadas se lavan y quedan abiertas. Así, cualquier fotografía puede convertirse en pantalla.

Esta posibilidad de trasladar fotografías a la serigrafía fue la que abrió la puerta al arte pop.
Warhol y el arte pop
En 1962, poco después de la muerte de Marilyn Monroe, Andy Warhol realizó el Díptico de Marilyn, hoy en la Tate Modern de Londres: cincuenta imágenes repetidas de la actriz, a partir de una fotografía publicitaria, serigrafiadas sobre lienzo, a color en una mitad y en negro desvaído en la otra. La serigrafía le permitía algo que le interesaba profundamente: la repetición mecánica, la imagen como producto de consumo, la estética de la producción en serie aplicada al arte.
Los desajustes de registro, las manchas, las variaciones de tinta entre una imagen y otra no eran errores: formaban parte del mensaje.
Otras voces
Warhol no fue el único. En los mismos años, la religiosa y profesora Corita Kent, desde el Immaculate Heart College de Los Ángeles, utilizaba la serigrafía para crear obras llenas de color y de tipografía, a menudo a partir de envases y eslóganes publicitarios, con un mensaje de esperanza y justicia social. Su obra, menos conocida durante décadas, ha sido recuperada en los últimos años.
La serigrafía también fue fundamental en el cartel político y contracultural de finales de los sesenta, porque permitía imprimir tiradas cortas, rápidas y baratas. Y sigue siendo hoy una técnica muy viva en estudios de grabado, colectivos de diseño y ediciones de artista.
Serigrafía no es lo mismo que impresión digital
Aquí conviene ser claro, porque los términos a veces se confunden en la venta de arte. Una serigrafía es una impresión hecha con pantallas y tintas que se empujan a través de una malla, color por color. Una impresión digital de inyección de tinta, como la giclée o las impresiones fine art, se hace con una impresora que deposita gotas microscópicas de tinta sobre el papel.

Son técnicas distintas, con resultados distintos. La serigrafía da colores planos muy densos, con una capa de tinta que a veces se nota al tacto; la inyección de tinta permite gradaciones suaves, detalles finos y fidelidad fotográfica. Ninguna es mejor en abstracto. Lo importante es que una obra se describa con la técnica con la que realmente se ha hecho. Explicamos la impresión fine art en qué es una impresión giclée.
Cómo reconocer una serigrafía
Si tienes delante una obra y quieres saber si es una serigrafía, fíjate en los colores: suelen ser planos, sin degradados de punto. Mira los bordes entre colores: puede haber pequeños solapamientos o huecos. Pasa la luz en ángulo: la tinta a menudo tiene un ligero relieve. Y, si es una edición de artista, suele estar numerada y firmada a lápiz, con la técnica indicada.
Una técnica que se volvió estilo
La serigrafía empezó como un método para estampar rótulos y acabó dando forma a una de las imágenes más reconocibles del arte del siglo XX. Su estética de colores planos, repetición y capas sigue tan viva que muchas imágenes impresas de otras formas la imitan. Saber distinguir la técnica del estilo es una manera más de mirar el arte con atención.
Las láminas de Bendíra no son serigrafías: se imprimen en nuestro estudio con tintas de seis colores sobre papel fine art mate. Si te interesa la diferencia, lo explicamos en cómo se imprime una lámina de arte.
Para seguir leyendo: Cómo crear una colección personal de arte accesible, Psicología del color en el arte y los interiores y El collage fotográfico en el diseño editorial.