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Arte y movimientos

El collage fotográfico en el diseño editorial

Mesa de trabajo con tijeras, cola y recortes de revistas antiguas para un fotomontaje a medio hacer

Abre cualquier revista de diseño, cualquier cubierta de libro de ensayo, cualquier portada de disco experimental, y es probable que encuentres un fotomontaje: fragmentos de fotografías recortados y combinados para crear una imagen que nunca existió. Una cabeza que flota sobre una ciudad, una mano gigante que sostiene un edificio, una multitud que sale de una boca. Hoy se hacen en pantalla, en minutos. Pero la técnica nació hace algo más de un siglo, con tijeras, pegamento y revistas ilustradas, en un momento en que la fotografía impresa empezaba a inundar la vida cotidiana. Y nació con una intención muy clara: decir algo.

Collage, fotomontaje, montaje

Conviene empezar por las palabras. El collage, del francés coller, pegar, consiste en componer una obra pegando materiales diversos sobre una superficie: papel, tela, recortes, objetos. Los cubistas, como Picasso y Braque, lo incorporaron a la pintura hacia 1912.

El fotomontaje es una forma específica de collage en la que el material principal son fotografías, normalmente recortadas de periódicos y revistas, combinadas para crear una nueva imagen con sentido propio. No se trata solo de pegar fotos: se trata de que el encuentro entre fragmentos produzca un significado nuevo, a menudo irónico, crítico o poético.

Y luego está el montaje fotográfico en laboratorio, que combina negativos en el revelado, con una tradición propia que se remonta al siglo XIX. El fotomontaje de vanguardia, en cambio, celebraba sus cortes y sus costuras: no quería engañar, quería que se vieran las tijeras.

Berlín, dadá y las tijeras

El fotomontaje como lenguaje artístico nació en el Berlín de después de la Primera Guerra Mundial, en el círculo dadá. Los dadaístas berlineses, en plena crisis política y social, tomaban fotografías de la prensa ilustrada y las recortaban para reorganizar el mundo con ironía y furia.

La obra más emblemática es probablemente Corte con el cuchillo de cocina dadá a través de la última época cultural de la barriga cervecera de Weimar en Alemania, de Hannah Höch, de 1919–1920, hoy en la Nationalgalerie de Berlín. Es un gran fotomontaje de más de un metro de alto, hecho con recortes de la prensa de masas: máquinas industriales, políticos, artistas, bailarinas, ruedas, palabras. Según el MoMA, Höch convierte metafóricamente sus tijeras en un cuchillo de cocina que corta los dominios tradicionalmente masculinos de la política y la vida pública. Se expuso en la Primera Feria Internacional Dadá de Berlín, en 1920.

Heartfield y las portadas de la AIZ

Si Höch llevó el fotomontaje al arte, John Heartfield lo llevó a los quioscos. Desde 1930 colaboró de forma regular con la AIZ, la Arbeiter-Illustrierte-Zeitung, una revista ilustrada obrera de gran tirada, para la que diseñó numerosas portadas y páginas interiores. Sus fotomontajes contra el nazismo, como Adolfo, el superhombre (1932), en el que una radiografía muestra el pecho de Hitler lleno de monedas, son de los ejemplos más contundentes de sátira política del siglo XX. Tras 1933 siguió trabajando desde Praga y, más tarde, desde el exilio en Inglaterra.

Heartfield demostró que el fotomontaje podía ser un arma editorial: una imagen capaz de condensar un argumento entero en una portada.

Rodchenko y el libro

En la Rusia de los años veinte, Aleksandr Ródchenko aplicó el fotomontaje al diseño de libros y carteles. En 1923 ilustró Pro eto (De esto), un poema de amor de Vladímir Maiakovski, con fotomontajes que, según el MoMA, fueron los primeros de Ródchenko utilizados en diseño de libros. La cubierta muestra una fotografía de Lilia Brik. Aquel libro marcó un camino: la fotografía recortada, combinada con tipografía y color plano, se convirtió en un recurso central del diseño gráfico moderno.

Pictogramas geométricos genéricos dispuestos sobre una cuadrícula visible

Del manifiesto a la portada

A lo largo del siglo XX, el fotomontaje pasó de la vanguardia al diseño editorial. Portadas de revistas, cubiertas de libros, carteles de cine, discos: el recorte fotográfico se convirtió en un recurso habitual para expresar ideas complejas con una sola imagen. Con la llegada de la edición digital, la técnica se volvió accesible a cualquiera, y su estética, con sus bordes recortados, sus escalas imposibles y sus fondos planos, sigue muy presente en la ilustración editorial contemporánea.

Una nota sobre el archivo

El fotomontaje se hace con imágenes ajenas, y eso plantea una cuestión importante hoy. Las fotografías tienen autor y, a menudo, derechos. Los artistas de vanguardia recortaban prensa sin pedir permiso, en otro contexto legal y con otra intención. Hoy, quien quiera hacer fotomontajes para publicar o vender debe trabajar con imágenes propias, con fotografías de dominio público o con archivos que permitan su reutilización, como los programas de acceso abierto de algunos museos y bibliotecas. Lo explicamos en arte de dominio público: qué se puede y qué no.

El sentido de cortar

El fotomontaje nos enseñó algo que hoy damos por supuesto: que una imagen puede construirse a partir de fragmentos, y que el corte, la costura visible, también comunica. En una pared, un buen fotomontaje sigue teniendo esa capacidad de sorprender: la de mostrar el mundo como no es, para que lo veamos mejor. Ampliamos el contexto en la fotografía como arte en casa.

Si quieres explorar más, la colección en línea del MoMA permite ver Pro eto página a página.

Para seguir leyendo: Collage artístico: recortes, memoria y composición, La escuela de Ulm y el diseño funcional y El cartel de viaje: historia de una estética gráfica.

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