Si te acercas mucho a Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte, el gran cuadro de Georges Seurat que cuelga en el Art Institute de Chicago, dejas de ver a los paseantes, los parasoles y el río. Ves puntos. Miles de pequeñas pinceladas de color, una junto a otra, rojo junto a verde, naranja junto a azul, sin mezclar. Retrocedes unos pasos y, poco a poco, los puntos desaparecen: vuelve la hierba al sol, la sombra fresca, la luz de una tarde de verano junto al Sena. Lo que ha ocurrido entre esos dos momentos no está en el lienzo, sino en tus ojos. Esa es la idea, sencilla y radical, del puntillismo.
Pintar con ciencia
A mediados de la década de 1880, el impresionismo llevaba años revolucionando la pintura con su atención a la luz y al instante. Pero un joven pintor parisino, Georges Seurat, sentía que a esa pintura le faltaba método. Quería que la luz y el color se construyeran con la misma precisión con que se construye un edificio.
Se interesó por las teorías científicas sobre el color de su tiempo, entre ellas las del químico Michel-Eugène Chevreul sobre el contraste simultáneo, según las cuales un color cambia de aspecto según los que tiene al lado. Y se preguntó: ¿y si, en lugar de mezclar los colores en la paleta, se colocaran puros, uno junto a otro, y se dejara que el ojo los mezclara a distancia?
La Grande Jatte
Seurat trabajó en La Grande Jatte durante dos años, entre 1884 y 1886, según el Art Institute de Chicago. Empezó con una capa de pinceladas pequeñas y horizontales, y fue añadiendo después los puntos que, de lejos, se leen como formas sólidas. Hizo numerosos estudios y bocetos previos, ajustando cada figura y cada sombra. El resultado, un lienzo de más de dos por tres metros, se presentó en 1886 y fue recibido como el nacimiento de una nueva corriente: el neoimpresionismo.
Años después, en 1889, Seurat volvió sobre el cuadro y añadió un borde pintado con puntos de colores entre la escena y el marco, para que la transición entre la obra y su entorno también estuviera controlada.
Puntillismo, divisionismo, neoimpresionismo
Los nombres pueden confundir. Puntillismo fue, de hecho, un término que algunos críticos usaron a finales de la década de 1880 con cierta ironía, para burlarse de la técnica de Seurat y de su compañero Paul Signac. Seurat prefería hablar de «cromoluminarismo». Divisionismo se refiere al principio más general de separar los colores en pinceladas distintas, no necesariamente en puntos. Y neoimpresionismo es el nombre del movimiento que agrupó a Seurat, Signac, Henri-Edmond Cross y otros pintores que adoptaron el método.
Seurat murió muy joven, en 1891, con solo treinta y un años. Signac continuó y difundió el método durante décadas, con pinceladas más amplias, casi como teselas de mosaico, y colores cada vez más intensos.
Cómo funciona la mezcla óptica
Aquí conviene ser preciso y no exagerar. La mezcla óptica no consiste en que el ojo «cree» colores mágicamente. Ocurre algo más sencillo: cuando pequeñas manchas de colores distintos están muy juntas y se miran desde lejos, el ojo no puede separarlas, y percibe una media de ellas. Unos puntos azules y amarillos muy juntos, a distancia, se perciben como un verde con una cualidad vibrante, distinta de la de un verde mezclado en la paleta.
Seurat esperaba que esta mezcla en el ojo diera colores más luminosos que la mezcla de pigmentos. En la práctica, los historiadores y los científicos del color han matizado esa idea: el resultado no siempre es más brillante, pero sí tiene una vibración, una textura y una luz muy particulares, que es lo que hace inconfundibles estos cuadros.
Un parentesco con la impresión
Hay una curiosidad que interesa a cualquiera que tenga láminas en casa. La impresión moderna también construye el color con puntos. Una impresora de inyección de tinta deposita gotas diminutas de unos pocos colores, y nuestros ojos, a la distancia normal de lectura, las funden en una imagen continua. El principio no es el mismo que el de Seurat, que trabajaba con pinceladas visibles y buscaba efectos pictóricos, pero comparte la idea de base: el color final se completa en la mirada. Lo explicamos en cómo se imprime una lámina de arte.
Mirar de cerca, mirar de lejos
El puntillismo enseña algo muy valioso sobre el arte en general: que la distancia forma parte de la obra. Un mismo cuadro es dos cosas distintas de cerca y de lejos, y ambas son verdad. En casa, esa lección se aplica a cualquier lámina: merece la pena mirarla desde el sofá, y también acercarse a ver cómo está hecha.
Las obras de Seurat están en dominio público, y el Art Institute de Chicago ofrece imágenes de La Grande Jatte en su web para verla con todo detalle.
Para seguir leyendo: Psicología del color en el arte y los interiores, Sonia Delaunay y el lenguaje del color simultáneo y El círculo cromático como herramienta para mirar arte.