En 1911, en París, una pintora cosió una colcha para la cuna de su hijo recién nacido. Usó retales de tela de colores, dispuestos como un mosaico de rectángulos y triángulos, sin dibujar nada en particular. Era un gesto doméstico, casi íntimo. Y sin embargo, muchos historiadores consideran hoy esa colcha, conservada en el Musée National d’Art Moderne del Centre Pompidou, como su primera composición abstracta. La pintora era Sonia Delaunay, y ese objeto cotidiano resume muy bien lo que haría el resto de su vida: borrar la frontera entre el arte y las cosas que usamos cada día, con el color como único idioma.
De Ucrania a París
Sonia Delaunay nació en 1885 en el Imperio ruso, en la actual Ucrania, y creció en San Petersburgo con un tío que la adoptó y le dio una educación cosmopolita: museos, viajes, idiomas. Estudió dibujo en Alemania y llegó a París a mediados de la primera década del siglo XX, atraída, como tantos artistas, por la efervescencia de la ciudad. Allí conoció al pintor Robert Delaunay, con quien se casó en 1910. Su hijo Charles nació en enero de 1911. El resto, en buena medida, lo hicieron juntos.
El contraste simultáneo
Para entender su obra hay que hablar de una idea del siglo XIX. El químico francés Michel-Eugène Chevreul, que trabajaba en los talleres de tintes de la manufactura de tapices de los Gobelinos, observó que un color cambia según los colores que tiene al lado. Un mismo gris parece más cálido junto a un azul y más frío junto a un naranja; dos complementarios, juntos, se intensifican mutuamente. Lo llamó contraste simultáneo.
Los Delaunay tomaron esa teoría y la convirtieron en un programa artístico al que llamaron «simultaneísmo». La idea era que el color, por sí mismo, sin necesidad de representar objetos, podía crear movimiento, ritmo, profundidad y emoción. Los círculos y discos de color que aparecen en muchas de sus obras son precisamente eso: colores que vibran unos contra otros, y que el ojo percibe como si giraran. Lo explicamos de forma general en cómo usar el círculo cromático para elegir arte.
El Bal Bullier y el vestido simultáneo
Una de las imágenes más vivas de esa época es el Bal Bullier, un salón de baile popular de París donde se reunían los artistas de su círculo. Sonia Delaunay pintó entre 1912 y 1913 una serie de lienzos sobre ese baile, con figuras que se disuelven en bandas y curvas de color, como si el propio movimiento de la danza se hubiera convertido en pintura.
Para esas noches, según la Tate, diseñó también su «vestido simultáneo»: una prenda hecha de retales de colores contrastados. Era una pintura que se podía llevar puesta, y una declaración de que el color simultáneo no tenía por qué quedarse en el lienzo.
Un poema de dos metros
En 1913 colaboró con el poeta Blaise Cendrars en La Prose du Transsibérien et de la Petite Jehanne de France, un largo poema impreso como un rollo vertical de casi dos metros, para el que diseñó la cubierta y las ilustraciones en pochoir, una técnica de estarcido a mano. Texto y color fluyen en paralelo, de arriba abajo, y se leen a la vez. Es uno de los libros de artista más célebres del siglo XX.
Del lienzo a la tela
Durante la Primera Guerra Mundial, los Delaunay vivieron en la península ibérica, en Madrid y en Portugal. Tras la Revolución rusa, en 1917, Sonia perdió las rentas que le llegaban de su familia, y amplió su trabajo como diseñadora: abrió en Madrid la Casa Sonia, dedicada a la decoración y la moda, y más tarde, de vuelta en París, su Atelier Simultané. Diseñó tejidos estampados, vestidos, abrigos, bolsos, decorados, interiores. Sus telas, con sus bandas, rombos y círculos de color, se vendieron ampliamente y llevaron el lenguaje de la vanguardia a la calle.
Para ella no había jerarquía: un tejido podía ser tan serio como un cuadro. Es una idea que hoy nos parece natural, pero que entonces era radical.
Reconocimiento
Sonia Delaunay siguió pintando y diseñando hasta su muerte, en 1979. En 1964, según el Centre Pompidou, el Louvre le dedicó una retrospectiva en vida, la primera para una mujer artista, posible gracias a una donación de 117 obras suyas y de Robert. En 2015, la Tate Modern de Londres le dedicó una gran exposición que recorría toda su trayectoria, de la pintura a la moda.
Por qué sigue inspirando
La obra de Sonia Delaunay se siente sorprendentemente actual. En parte por su color, alegre y rítmico, que funciona igual de bien en una pared que en un pañuelo. Pero sobre todo por su actitud: la convicción de que el arte puede vivir en las cosas cotidianas, de que una colcha, un vestido o un libro pueden ser tan importantes como un cuadro. En las casas de hoy, donde el arte convive con textiles, cerámica y objetos, su lección sigue siendo útil: los colores dialogan entre sí, y esa conversación lo es todo. Hablamos del contexto de las vanguardias en vanguardias del siglo XX y arte en casa.
Las obras de Sonia Delaunay están protegidas por derechos de autor; para verlas, las colecciones del Centre Pompidou y del Museo Thyssen-Bornemisza son un buen punto de partida.
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