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Cultura visual

La historia del cartel artístico europeo

Piedra litográfica con un rodillo de entintar en un taller de grabado

Imagina un París de finales del siglo XIX en el que las paredes, de repente, se llenan de color. Bailarinas que parecen volar, actrices envueltas en flores, botellas de licor sostenidas por figuras elegantes. Para muchos paseantes de la época, era la primera vez que veían imágenes tan grandes, tan vivas y tan cerca, gratis y en plena calle. El cartel artístico moderno nació ahí, en el cruce entre una nueva técnica de impresión, una ciudad que crecía y un comercio que necesitaba hacerse ver. A lo largo de poco más de un siglo, se convertiría en uno de los grandes lenguajes visuales de Europa, capaz de anunciar un espectáculo, vender un producto, movilizar a un país o, simplemente, embellecer una calle.

Una técnica que lo hizo posible

Antes de que el cartel pudiera ser arte, tuvo que ser posible imprimirlo. La litografía, inventada a finales del siglo XVIII, permitía dibujar directamente sobre una piedra y reproducir la imagen muchas veces. Durante el siglo XIX, la litografía en color se perfeccionó hasta permitir impresiones grandes, con colores intensos y a un coste razonable.

El francés Jules Chéret, a menudo llamado padre del cartel moderno, fue clave en esa transformación. Formado como litógrafo, pasó años en Londres aprendiendo las técnicas del color y, de vuelta en París, desarrolló un estilo luminoso y alegre, con figuras femeninas en movimiento sobre fondos vibrantes, que llenó las calles de la ciudad. Entre 1895 y 1900 impulsó además la serie Les Maîtres de l’Affiche, que reproducía en pequeño formato carteles de decenas de artistas y ayudó a convertir el cartel en objeto de colección.

El París de la Belle Époque

En la última década del siglo XIX, el cartel vivió una auténtica edad de oro en París. Henri de Toulouse-Lautrec llevó a sus carteles para cabarets y cafés-concierto, como el Moulin Rouge, una economía de medios y una fuerza gráfica sorprendentes: grandes manchas de color plano, siluetas recortadas, composiciones audaces que recordaban a los grabados japoneses que tanto fascinaban entonces a los artistas europeos.

Ilustración al estilo de cartel de viaje: un tren cruza en diagonal un paisaje de bandas planas

Alfons Mucha, checo afincado en París, siguió un camino muy distinto. Su cartel para la obra Gismonda, protagonizada por la actriz Sarah Bernhardt, fechado en 1894 y encargado con muy poco margen de tiempo, le dio fama de la noche a la mañana. Sus figuras alargadas, enmarcadas por ornamentos vegetales y halos circulares, se convirtieron en una de las imágenes más reconocibles del art nouveau.

El modernismo y el cartel en España

La fiebre del cartel se extendió por toda Europa, y cada país le dio su acento. En Cataluña, en plena efervescencia modernista, el cartel encontró un terreno muy fértil. En 1898, la empresa de Badalona que fabricaba el Anís del Mono convocó un concurso de carteles que se haría célebre. Lo ganó el pintor Ramon Casas con una composición que le daría una popularidad enorme, y el segundo premio fue para Alexandre de Riquer, otro de los grandes nombres del cartel modernista. Casas está considerado uno de los introductores del cartel publicitario en Cataluña, y el Museu Nacional d’Art de Catalunya conserva estudios preparatorios de aquel trabajo.

Del ornamento a la síntesis

A principios del siglo XX, el gusto empezó a cambiar. Frente a la exuberancia decorativa del art nouveau, en Alemania surgió un estilo mucho más sintético, a veces llamado Plakatstil: un solo objeto representado con colores planos y el nombre de la marca en letras grandes. Era un cartel directo, que se entendía en un segundo, y que anticipaba buena parte de la publicidad moderna.

Tras la Primera Guerra Mundial, las vanguardias revolucionaron el lenguaje del cartel. En Rusia, los constructivistas usaron la fotografía, la tipografía en diagonal y los colores rojo y negro con una intensidad nueva. En Francia, el art déco dio lugar a carteles de una elegancia geométrica inconfundible, especialmente en el mundo de los viajes, los trenes y los transatlánticos, con figuras como A. M. Cassandre.

Los años de la guerra y la propaganda

El siglo XX también usó el cartel con fines menos amables. Durante las guerras, los carteles sirvieron para reclutar, movilizar y convencer. En España, la Guerra Civil produjo una enorme cantidad de carteles en ambos bandos, con artistas como Josep Renau, que combinaban la potencia gráfica de las vanguardias con un mensaje político urgente. Estos carteles son hoy documentos históricos de enorme valor, que deben leerse en su contexto.

Ilustración de inspiración modernista con líneas fluidas, motivos vegetales y una figura estilizada

El diseño suizo y la segunda mitad del siglo

A partir de los años cincuenta, el diseño gráfico suizo impuso un lenguaje de claridad y rigor: retícula, tipografía sin serifa, composiciones asimétricas y fotografía. Sus carteles para conciertos, exposiciones o campañas públicas siguen siendo un modelo de diseño. Lo contamos en qué distingue el diseño suizo y sus carteles. En Polonia, en esos mismos años, una escuela de cartelistas desarrolló un estilo muy personal, pictórico y metafórico, sobre todo para el cine y el teatro.

Un legado en las paredes

El cartel nació para la calle y para durar poco, pero hoy muchos de esos papeles efímeros se conservan en museos y colecciones, y se estudian como parte de la historia del arte y del diseño. Y su lenguaje, hecho de color, tipografía y síntesis, sigue influyendo en cómo comunicamos y en cómo decoramos. Sobre su regreso a nuestras casas hablamos en el regreso de los carteles vintage a los interiores.

Para seguir leyendo: Cómo reconocer un cartel de estilo art déco, La tipografía en los carteles culturales europeos y Psicología del color en el arte y los interiores.

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