Durante siglos, el retrato fue el arte del rostro. Pintar a alguien era pintar su cara: sus rasgos, su expresión, su mirada, todo lo que lo hacía reconocible y único. Y sin embargo, a lo largo de la historia del arte aparece una y otra vez una figura curiosa: la persona que no nos muestra la cara. Alguien de espaldas, mirando un paisaje. Una mujer en un interior, vuelta hacia la ventana. Un rostro tapado, difuminado o simplemente ausente. Esas imágenes, en lugar de decirnos quién es esa persona, nos dejan un espacio. Y ese espacio, curiosamente, es a menudo lo que más nos atrae de ellas.
La figura de espaldas
En la pintura alemana del Romanticismo, a principios del siglo XIX, Caspar David Friedrich convirtió la figura de espaldas en un motivo central de su obra. En su célebre Caminante sobre el mar de nubes, hacia 1818, conservado en la Kunsthalle de Hamburgo, un hombre de pie sobre una roca contempla un paisaje de montañas envuelto en niebla. No vemos su cara: vemos lo que él ve.
La historia del arte alemana tiene incluso una palabra para este recurso: Rückenfigur, figura de espaldas. Su efecto es claro. Al no mostrar el rostro, el cuadro no nos invita a mirar a la persona, sino a mirar con ella. El espectador se coloca, casi sin darse cuenta, en su lugar.
Interiores silenciosos
A finales del siglo XIX y principios del XX, el pintor danés Vilhelm Hammershøi pintó una y otra vez interiores de su casa en Copenhague, casi vacíos, con una luz gris y suave. En muchos de ellos aparece una mujer, a menudo de espaldas o de perfil, leyendo, caminando, de pie junto a una puerta. Su rostro casi nunca se ve. Los cuadros transmiten una calma y un silencio extraordinarios, y la figura sin rostro forma parte de esa atmósfera: no es un personaje con una historia, sino una presencia en el espacio.
El rostro tapado
En el siglo XX, algunos artistas jugaron con la idea contraria: mostrar la figura de frente, pero ocultar su cara. Uno de los ejemplos más conocidos es El hijo del hombre, de René Magritte, de 1964, en el que una manzana verde flota justo delante del rostro de un hombre con bombín. La imagen juega con la frustración de querer ver lo que está escondido.
En la fotografía y el arte contemporáneo, el rostro tapado, difuminado o recortado aparece con frecuencia, a veces por razones estéticas y a veces por razones éticas: proteger la identidad de las personas fotografiadas.
La figura sin rasgos en la ilustración
En la ilustración contemporánea es muy habitual encontrar figuras humanas sin rasgos faciales: una silueta, un óvalo liso, unas formas sencillas que sugieren una persona sin definirla. Es un recurso que tiene varias ventajas. Hace la imagen más gráfica y atemporal. Evita que la obra dependa de un tipo concreto de belleza o de una identidad específica. Y permite que muchas personas distintas se reconozcan en la misma figura.

Lo que el anonimato permite
Conviene ser prudente al interpretar por qué estas imágenes nos atraen; no hay una explicación única. Pero desde el punto de vista de la historia del arte, se pueden señalar algunos efectos que estas obras producen con claridad.
Desplazan la atención del individuo a la situación: el paisaje, la luz, el gesto, el espacio. Invitan a proyectarse: al no imponer una identidad, la figura puede ser cualquiera. Crean misterio: lo que no se muestra se imagina. Y respetan la intimidad: la figura parece absorta en su propio mundo, sin posar para nosotros.
Un retrato para casa
En el hogar, las imágenes de figuras sin rostro o de espaldas tienen una cualidad especial: acompañan sin interpelar. Un retrato tradicional, con unos ojos que nos miran, tiene una presencia intensa en una habitación. Una figura de espaldas que contempla el mar, o una silueta en un interior luminoso, es más discreta: comparte el espacio con nosotros en lugar de dirigirse a nosotros. Por eso funcionan muy bien en dormitorios, rincones de lectura y espacios de calma. Lo relacionamos con el arte figurativo en casa en la figura humana en el arte decorativo.
Ver sin ser visto
El retrato sin rostro es una pequeña paradoja: una imagen de una persona que no nos deja ver quién es. Y en esa renuncia está su riqueza. Nos invita a mirar con la figura, no a la figura; a ocupar su lugar por un momento.
Para ver el Caminante de Friedrich, la colección en línea de la Kunsthalle de Hamburgo es el punto de partida; las obras de Hammershøi pueden verse en varios museos escandinavos.
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