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Arte y movimientos

El cartel de viaje: historia de una estética gráfica

Pasillo con una lámina enmarcada sobre una consola

Hay imágenes que hacen viajar antes de salir de casa. Un tren que corta el paisaje en diagonal, una playa reducida a tres franjas de color, un transatlántico visto desde abajo como un edificio. Los carteles de viaje de la primera mitad del siglo XX tenían una misión muy concreta, vender billetes, y sin embargo muchos acabaron convertidos en piezas de colección y en referencias del diseño gráfico. Hoy siguen colgados en paredes de todo el mundo, en reproducciones, en versiones contemporáneas o en originales cuidadosamente enmarcados. Entender de dónde viene esa estética ayuda a mirarlos mejor, y a elegirlos con más criterio.

Vender un lugar con una imagen

El cartel de viaje nació con el turismo moderno. Cuando los ferrocarriles, las compañías navieras y más tarde las aerolíneas empezaron a competir por pasajeros, necesitaron algo más que horarios y tarifas: necesitaban hacer desear un destino. El cartel, colgado en estaciones, andenes y agencias, se convirtió en su mejor herramienta.

Ilustración al estilo de cartel de viaje: un tren cruza en diagonal un paisaje de bandas planas

Su reto era enorme: comunicar en un instante, a alguien que pasaba deprisa, la promesa de un lugar. Eso obligó a los diseñadores a desarrollar un lenguaje de síntesis: pocas formas, colores planos, un mensaje claro, una tipografía legible a distancia.

Londres: el metro como mecenas

Uno de los capítulos más influyentes se escribió bajo tierra. En 1908, Frank Pick asumió la publicidad del metro de Londres, según el London Transport Museum. Hasta entonces, los carteles eran sobre todo texto y apenas transmitían una identidad. Pick cambió el planteamiento: encargó carteles a ilustradores comerciales consolidados y a diseñadores jóvenes, en estilos muy variados, con un objetivo claro, animar a los londinenses a usar el metro para ir al campo, a los museos, a los teatros.

Entre los artistas que descubrió destaca Edward McKnight Kauffer, a quien empezó a encargar trabajos en 1915 y que firmó muchos de los carteles más conocidos de la compañía hasta la Segunda Guerra Mundial. Para muchos historiadores, los carteles del transporte londinense alcanzaron su mejor momento en las décadas de 1920 y 1930.

La estética de la velocidad

En la Europa continental, las compañías ferroviarias y navieras también recurrieron a grandes cartelistas. En Francia, A. M. Cassandre llevó el cartel de viaje a una síntesis geométrica cercana al art déco: sus carteles para trenes de largo recorrido, como Nord Express (1927), o para el transatlántico Normandie (1935) convirtieron máquinas en iconos de la modernidad. Lo contamos con más detalle en el art déco y el diseño gráfico.

Ilustración de inspiración modernista con líneas fluidas, motivos vegetales y una figura estilizada

Lo que comparten muchos de estos carteles es una forma de mirar: perspectivas exageradas, diagonales que sugieren movimiento, máquinas monumentales, paisajes reducidos a planos de color. La técnica de impresión, mayoritariamente litográfica, favorecía los colores planos y saturados, que hoy asociamos inmediatamente a esa época.

Claves visuales para reconocerlos

Si miras varios carteles de viaje de entreguerras, empiezas a notar patrones. La simplificación: montañas, olas o edificios reducidos a formas geométricas. La paleta limitada: pocas tintas, a menudo cuatro o cinco, con contrastes fuertes. La tipografía integrada: el nombre del destino o la compañía forma parte de la composición, no es un añadido. Y el punto de vista dramático: picados, contrapicados, horizontes muy bajos que hacen el cielo inmenso.

Son las mismas cualidades que hacen que estos carteles funcionen tan bien en una pared doméstica: se leen a distancia, tienen una paleta clara y aportan un punto de nostalgia sin necesidad de detalle.

Antes de colgar uno: originales, reproducciones y derechos

Aquí conviene ser prudente. Los carteles originales de la época son objetos de colección, a menudo frágiles, y se venden en subastas especializadas. Las reproducciones son mucho más habituales, pero no todas son legítimas: muchas obras de cartelistas del siglo XX siguen protegidas por derechos de autor, que en la mayoría de países europeos duran hasta setenta años después de la muerte del autor, y las marcas de las compañías pueden estar registradas. Que un cartel sea antiguo no significa que su reproducción sea libre.

Cuatro bandas de colinas suaves, cada una más pálida que la anterior, en estilo minimalista

Si compras una reproducción, merece la pena fijarse en si la editan museos o colecciones con licencia, como los propios archivos de transporte, que suelen vender reproducciones oficiales. Y si lo que te atrae es la estética más que un cartel concreto, hay ilustradores contemporáneos que trabajan con ese lenguaje, con sus propios destinos y su propia mirada. Hablamos de cómo tratar el arte de dominio público y sus límites en arte de dominio público: qué se puede y qué no.

Una estética que sigue viajando

El cartel de viaje nació para vender billetes y acabó enseñándonos a mirar los lugares de otra manera: reducidos a lo esencial, convertidos en color y forma. Por eso sigue funcionando en nuestras paredes: porque no muestra un destino, sino el deseo de ir.

Las láminas de Bendíra no son carteles de viaje, pero algunas, como Puerto o Caída de la tarde, comparten con ellos esa forma de reducir un lugar a unas pocas franjas de color.

Para seguir leyendo: La historia del cartel artístico europeo, Arte minimalista: menos elementos, más significado y La fotografía como arte para nuestras paredes.

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