En diciembre de 1915, en Petrogrado, la actual San Petersburgo, se inauguró una exposición con un título enigmático: 0,10. La última exposición futurista de pintura. Entre las obras colgadas había treinta y cinco pinturas abstractas de Kazimir Malévich. Y en la esquina superior de una de las salas, en el lugar donde en las casas rusas se colgaban los iconos religiosos, había un cuadro que mostraba simplemente un cuadrado negro sobre un fondo blanco. Más de un siglo después, ese cuadro sigue siendo una de las imágenes más discutidas de la historia del arte. Con él nacía, en público, el suprematismo.
El grado cero de la pintura
Para entender el suprematismo hay que imaginar el contexto. A principios del siglo XX, la pintura europea llevaba décadas desmontando la representación tradicional: los impresionistas habían disuelto la forma en luz, los cubistas habían fragmentado los objetos, los futuristas los habían puesto en movimiento. Pero todos seguían, de algún modo, partiendo del mundo visible.
Malévich quiso dar el paso definitivo: una pintura que no representara nada. Ni objetos, ni paisajes, ni figuras. Solo formas geométricas puras, color y espacio. El título de la exposición, 0,10, aludía a esa idea de empezar desde cero, según explica la Tate. El cuadrado negro era, para él, ese punto cero: el final de la pintura como imitación y el comienzo de algo nuevo.
Llamó a su propuesta suprematismo porque defendía la «supremacía» de la sensación pura en el arte, por encima de la representación del mundo.
El Cuadrado negro y sus misterios
El Cuadrado negro tiene una historia llena de matices. Malévich lo fechó en 1913, pero la Tate considera junio de 1915 la fecha más probable de ejecución. El original, conservado en la Galería Tretiakov de Moscú, está tan agrietado que no puede viajar; el propio Malévich pintó otras versiones años después.
Su colocación en la exposición no fue casual. Colgado en lo alto de una esquina, en el «rincón bello» donde las familias rusas tenían sus iconos, el cuadro ocupaba un lugar casi sagrado. Era una declaración: la nueva pintura abstracta ocupaba el sitio de la imagen espiritual.
Formas que flotan
Tras el cuadrado negro, la obra suprematista de Malévich se llenó de rectángulos, cruces, círculos y franjas de colores puros que parecen flotar sobre un fondo blanco, sin peso, sin suelo, sin horizonte. El blanco no es una pared: es un espacio infinito, casi cósmico. Las formas se inclinan, se superponen, se agrupan en diagonales que sugieren movimiento y tensión.
En 1918, Malévich llevó la idea a su extremo con Composición suprematista: blanco sobre blanco, hoy en el MoMA de Nueva York: un cuadrado blanco ligeramente inclinado sobre un fondo de otro blanco. La forma casi desaparece. Es el paso del suprematismo de color al suprematismo monocromo.
Una escuela, no solo un estilo
Aquí está la diferencia importante, y la que más se pierde hoy. El suprematismo no fue una estética decorativa de formas geométricas. Fue un movimiento con una teoría, unos manifiestos y una ambición casi filosófica: transformar el arte y, a través de él, la vida.
Tras la Revolución de 1917, Malévich y sus seguidores llevaron esas ideas a la enseñanza y al diseño. En Vitebsk, donde dirigió la escuela de arte, se formó el grupo UNOVIS, que publicó en 1920 el libro Suprematismo: 34 dibujos, probablemente impreso por El Lissitzky, según el MoMA. Las formas suprematistas pasaron a carteles, cerámica, tejidos, arquitectura imaginada. Esa influencia se extendió al constructivismo, a la Bauhaus y a buena parte del diseño gráfico moderno. Lo contamos en el contexto general de las vanguardias en vanguardias del siglo XX y arte en casa.
Estética suprematista hoy
Hoy, las formas geométricas flotantes sobre fondo blanco están por todas partes: en carteles, estampados, láminas decorativas. Muchas de esas imágenes se describen como «suprematistas», pero conviene distinguir. Una cosa es el movimiento histórico, con su radicalidad y su contexto revolucionario; otra, una estética de inspiración geométrica que toma de él algunas formas sin su programa.
No hay nada malo en la segunda, siempre que no se confundan. Una lámina con rectángulos de colores flotando sobre blanco puede ser bonita y deber mucho a Malévich, pero no es suprematismo en sentido estricto, igual que un sofá de líneas rectas no es Bauhaus por sí solo.
Mirar un cuadrado negro
El suprematismo pide algo poco habitual: mirar una obra que no representa nada y dejar que funcione por sí misma. Las formas, el color, la tensión de una diagonal, el espacio blanco. Puede resultar desconcertante al principio. Pero esa experiencia, la de mirar algo puramente visual, es la base de casi todo el arte abstracto que vino después, incluido el que hoy colgamos en casa.
Las formas geométricas de Formas serenas de Bendíra no son suprematismo, pero comparten con él una convicción: que unas pocas formas bien colocadas pueden bastar.
Para seguir leyendo: Arte geométrico: formas, color y composición, Bauhaus: historia y legado en el diseño contemporáneo y La escuela de Ulm y el diseño funcional.