Hay un fenómeno curioso que le ocurre a casi todo el mundo con el arte de su casa. Durante las primeras semanas después de colgar una lámina, la miras a menudo. Te detienes, la observas, la disfrutas. Pero con el tiempo, poco a poco, deja de verse. Sigue ahí, en la misma pared, pero la mirada pasa por encima sin detenerse, igual que pasa por encima del interruptor o de la puerta. No es que la obra haya perdido valor: es que nuestros ojos se acostumbran a lo que siempre está en el mismo lugar. La solución es sorprendentemente sencilla: cambiarla de sitio.
La costumbre de no ver
Nuestra atención está hecha para fijarse en lo nuevo y en lo que cambia. Lo que permanece igual día tras día pasa a un segundo plano, y en buena medida es una ventaja: no podríamos vivir si cada objeto de casa reclamara nuestra atención constantemente. Pero esa misma costumbre hace que dejemos de disfrutar de cosas que elegimos precisamente para disfrutarlas.

Mover una obra rompe esa costumbre. En un lugar nuevo, con otra luz, junto a otros objetos, la lámina vuelve a ser visible. Y a menudo descubrimos en ella cosas que habíamos olvidado o que nunca habíamos visto.
El ejercicio
Te proponemos un pequeño ejercicio para un fin de semana tranquilo. No requiere comprar nada ni hacer agujeros nuevos, al menos al principio.
Primero, descuelga. Elige tres o cuatro láminas de distintas habitaciones y descuélgalas. Ponlas juntas sobre una mesa o apoyadas en el suelo contra una pared. Míralas una al lado de la otra: es posible que descubras relaciones entre ellas que no veías cuando estaban separadas.
Después, apoya. Sin colgar nada todavía, prueba a apoyar cada lámina en lugares distintos: sobre la cómoda del dormitorio, en el suelo del salón contra la pared, en una repisa del pasillo, en el alféizar de una ventana. Déjalas ahí un día o dos.
Observa a distintas horas. La luz de la mañana y la de la tarde cambian mucho una obra. Fíjate en cuándo y dónde brilla cada una, como contamos en una obra, tres ambientes.
Decide. Con lo que has visto, decide dónde va cada una. Puede que vuelvan a su sitio original, y eso también es un resultado: ahora sabrás que estaban bien ahí. Pero es probable que al menos una encuentre un lugar mejor.
Lo que se aprende
Este ejercicio enseña cosas sobre las obras y sobre la casa. Sobre las obras, descubres qué piezas son más versátiles y cuáles necesitan un entorno concreto; cuáles ganan con la luz natural y cuáles con la artificial; cuáles funcionan solas y cuáles en compañía.
Sobre la casa, descubres qué paredes tienen más potencial del que pensabas, qué rincones agradecen una obra, qué espacios estaban mejor vacíos.
Hacerlo un hábito
Algunas personas convierten este ejercicio en un hábito: cambian las láminas de sitio una o dos veces al año, con el cambio de estación o cuando sienten que la casa necesita algo. Es una forma de renovar sin comprar, como contamos en cómo actualizar una pared sin cambiar los muebles.

Para hacerlo más fácil, ayuda tener las obras en marcos de medidas estándar, que permiten intercambiar láminas entre marcos, y alguna repisa donde apoyar sin hacer agujeros, como vimos en cómo apoyar cuadros en repisas y muebles.
Volver a mirar
Cambiar una lámina de sitio es un gesto pequeño con un efecto sorprendente: devuelve la obra a la mirada. Lo que se había vuelto invisible vuelve a ser presente. Y, de paso, la casa entera se siente un poco nueva.
Si al mover tus láminas descubres un hueco que pide algo nuevo, en Bendíra encontrarás formatos desde A4 que encajan en marcos de medidas estándar.
Para seguir leyendo: Vivir con arte: pequeños detalles que importan y Cómo construir una pared que evolucione contigo.