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Arte y movimientos

El expresionismo abstracto y la escala de la pintura

Persona de espaldas, muy cerca de un gran lienzo de campos de color en una galería

Cualquiera que haya entrado en una sala con cuadros de Mark Rothko conoce la sensación. Grandes rectángulos de color que parecen flotar sobre el lienzo, bordes difusos, rojos que arden, negros que absorben. Uno se acerca, y la pintura ocupa todo el campo visual. Ya no se está mirando un objeto colgado en la pared: se está dentro de él. Esa experiencia no es casual. Para los pintores del expresionismo abstracto, en el Nueva York de los años cuarenta y cincuenta, la escala no era una cuestión de tamaño, sino de relación entre el cuadro y la persona que lo mira.

Nueva York, después de la guerra

El expresionismo abstracto fue el primer gran movimiento artístico nacido en Estados Unidos con proyección internacional. Lo formaron pintores muy distintos entre sí, entre ellos Jackson Pollock, Mark Rothko, Barnett Newman, Willem de Kooning, Clyfford Still, Franz Kline, Lee Krasner o Helen Frankenthaler, unidos menos por un estilo común que por una actitud: la pintura como experiencia directa, emocional, casi existencial, sin representar el mundo visible.

Dentro del movimiento suelen distinguirse dos tendencias. La pintura gestual o action painting, de Pollock, De Kooning o Kline, donde el gesto, la energía y el proceso del pintor quedan registrados en el lienzo. Y la pintura de campos de color, de Rothko, Newman o Still, con grandes superficies de color que buscan una experiencia contemplativa.

Pintar con el cuerpo

Una de las imágenes más famosas del movimiento es la de Pollock trabajando con el lienzo extendido en el suelo, moviéndose alrededor de él, dejando caer la pintura desde palos y pinceles. Esa forma de trabajar tenía una consecuencia directa sobre el tamaño: el lienzo debía ser lo bastante grande como para que el pintor pudiera entrar en él, moverse, trabajar desde todos los lados. Algunas de sus obras más conocidas miden varios metros de ancho.

La escala, aquí, es la del cuerpo del pintor. Y, al mirar el cuadro, el espectador percibe esa escala: los gestos tienen la amplitud de un brazo, el ritmo de un paso.

Grande para ser íntimo

Lo más interesante, y lo que a menudo se malinterpreta, es que estos pintores no hacían cuadros grandes para impresionar desde lejos, como los grandes lienzos históricos de los museos. Los hacían grandes para ser vistos de cerca.

Rothko lo explicó en 1951 en un simposio del MoMA: pintaba cuadros grandes precisamente porque quería ser muy íntimo y humano, según recoge Christie’s. Pintar un cuadro pequeño, decía, es situarse fuera de la experiencia; pintar uno grande es estar dentro. Según Art UK, Rothko indicó que la distancia ideal para mirar sus cuadros era de unas 18 pulgadas, unos 45 centímetros, más o menos la misma distancia a la que él trabajaba al pintarlos. Y prefería que se colgaran más bajos de lo habitual.

Barnett Newman fue todavía más explícito. En 1951, según Art UK, colocó en una exposición un texto para los visitantes en el que indicaba que los cuadros grandes estaban pensados para verse desde una distancia corta. Quien sigue esa indicación descubre que el cuadro desborda los límites de la visión periférica y envuelve.

Escala no es lo mismo que tamaño

Esta idea tiene una consecuencia sorprendente: la escala de una obra no depende solo de sus medidas, sino de la relación entre la obra, el espacio y quien la mira. Un cuadro de dos metros visto desde diez metros puede sentirse pequeño. El mismo cuadro visto a medio metro lo ocupa todo.

Los expresionistas abstractos pensaban en esa relación de forma consciente. Por eso sus cuadros funcionan tan mal en reproducción: en una pantalla o en un libro, se pierde exactamente lo que los hacía especiales, la sensación de estar dentro.

Lo que aprendemos para casa

Pocos tenemos paredes para un Pollock. Pero la lección del expresionismo abstracto sobre la escala es muy útil en casa.

Primero, que la distancia de mirada importa tanto como el tamaño. Una obra en un pasillo estrecho, que se ve siempre de cerca, puede ser más grande de lo que parecería prudente; una obra en una pared lejana del salón necesita más tamaño para tener presencia. Lo desarrollamos en cómo elegir el tamaño de un cuadro para cada pared.

Segundo, que una obra grande de color, abstracta, no tiene por qué resultar abrumadora. Puede ser, al contrario, una de las más serenas: un campo de color en el que la mirada descansa.

Y tercero, que colgar algo más bajo, como pedía Rothko, cambia la relación con la obra. En un dormitorio o junto a un sillón de lectura, una lámina colgada a la altura de los ojos de alguien sentado se vuelve mucho más íntima.

Mirar de cerca

El expresionismo abstracto nos invitó a acercarnos a la pintura en lugar de contemplarla desde lejos, y a entender que el tamaño de una obra es, en realidad, una forma de relación. Es una idea que vale para un museo y para un salón: lo que importa no es cuánto mide un cuadro, sino cómo nos sitúa frente a él.

Para sentir esa escala, nada sustituye ver las obras en persona; la Tate Modern, el MoMA o el Museo Reina Sofía conservan obras de pintores del movimiento.

Para seguir leyendo: Qué es el arte abstracto: una guía para principiantes, Qué aporta una imagen pequeña a una habitación grande y Una lámina o varias: cómo decidir la composición.

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