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Cultura visual

Cómo mirar una obra de arte abstracto

Persona sentada en un sillón mirando con calma una lámina abstracta en la pared, vista de espaldas y de lado

«¿Y esto qué significa?» Es probablemente la pregunta más habitual frente a un cuadro abstracto, y también la que más se interpone entre la obra y quien la mira. Buscamos un significado oculto, una respuesta correcta, y al no encontrarla pensamos que no la entendemos. Pero mirar arte abstracto no consiste en descifrar un código. Consiste, más bien, en dejar que la obra actúe: fijarse en sus colores, en sus formas, en su ritmo, en las huellas del gesto, y observar qué despierta en uno. No hay una interpretación única ni una manera correcta de sentir. Hay, eso sí, una manera de mirar que ayuda a sacarle mucho más partido, y se puede aprender.

Primero, darse tiempo

En los museos, se suele decir, la mayoría de la gente pasa unos pocos segundos delante de cada obra. Es comprensible: hay muchas y el tiempo es limitado. Pero con el arte abstracto esos segundos rara vez bastan. Una obra sin un tema reconocible necesita un poco más de tiempo para empezar a hablar.

Persona vista de espaldas mirando de cerca una lámina abstracta en casa

Así que el primer paso es casi un acto de voluntad: quedarse. Un minuto, dos, cinco. Sin prisa por llegar a una conclusión. Lo que al principio parece solo una superficie de color va revelando, poco a poco, relaciones, tensiones y detalles que en el primer vistazo no estaban.

Mirar de lejos

Empieza a cierta distancia, desde la que puedas ver la obra entera. Desde ahí, fíjate en la impresión general. ¿Es una obra tranquila o agitada? ¿Ligera o pesada? ¿Ordenada o caótica? ¿Cálida o fría?

Observa también hacia dónde va tu mirada en primer lugar. Casi todas las composiciones tienen un punto que atrae más: una zona de color intenso, una forma que contrasta, un lugar donde se cruzan líneas. Y luego, cómo se mueve la mirada desde ahí, qué recorrido hace por la superficie.

Mirar de cerca

Después, acércate. A corta distancia aparece un mundo distinto. En una pintura, la textura de la materia, las capas de color superpuestas, las pinceladas, los goteos, las zonas raspadas. En una lámina, la delicadeza de un trazo, la finura de un degradado, la textura del papel.

Visitante sentado en un banco de una sala de galería, de espaldas, ante una gran obra abstracta

Muchas obras abstractas cambian por completo de cerca. Lo que de lejos parecía un campo de color uniforme resulta estar lleno de matices; lo que parecía una forma nítida se deshace en gestos. Pasar de una distancia a otra es una de las maneras más ricas de mirar.

El color

En una obra abstracta, el color suele ser protagonista. Pregúntate qué colores dominan y cuáles aparecen en pequeñas dosis. Cómo se relacionan entre sí: si se funden suavemente o chocan. Si un color parece avanzar hacia ti y otro retroceder. Qué temperatura tiene el conjunto.

Y fíjate en cómo te sientes ante esos colores, sin buscar un significado universal. Lo que a ti te transmite un azul profundo o un rojo intenso es tan válido como cualquier explicación de manual. Hablamos de ello en psicología del color en el arte y los interiores.

La forma y la dirección

Observa las formas: si son geométricas o blandas, grandes o pequeñas, nítidas o difusas. Fíjate también en las direcciones. Las líneas horizontales suelen transmitir reposo; las verticales, firmeza; las diagonales, movimiento. Las formas que se agrupan parecen dialogar; las que se separan, tensarse.

No se trata de clasificar, sino de notar. Cuanto más observas estas relaciones, más «lees» la composición, igual que se lee una melodía sin necesidad de conocer la teoría musical.

El gesto

En muchas obras abstractas, la huella de quien las hizo es visible. La rapidez o la lentitud de un trazo, la presión de una pincelada, el goteo de la pintura, el raspado de una superficie. Fijarse en esas huellas es casi como asistir al momento en que la obra se hizo. Hay obras que transmiten calma y control; otras, urgencia y energía.

Lámina de conchas enmarcada en la pared bajo la luz natural de la mañana, con tonos claros
Misma lámina iluminada de noche por una lámpara de luz cálida que tiñe los colores de ámbar

El título y el contexto, después

Muchas obras abstractas tienen títulos sugerentes; otras se llaman simplemente Sin título o llevan un número. Conviene mirarlos después de haber observado la obra, no antes, para que no condicionen tu primera experiencia. Luego, el título, la fecha o una cartela con información sobre el artista pueden añadir capas de sentido muy interesantes. Pero son una aportación, no la respuesta definitiva.

Lo que te provoca

Al final, la pregunta más importante no es qué quiso decir el artista, sino qué te ocurre a ti delante de la obra. Puede ser calma, inquietud, alegría, curiosidad, indiferencia. Todo vale. Incluso que no te guste es una respuesta legítima, y preguntarte por qué puede enseñarte mucho sobre tu propio gusto. Lo exploramos en cómo empezar a descubrir tu propio gusto artístico.

Lámina abstracta completa enmarcada, con formas plegadas y colores suaves

Volver a mirar

Una obra abstracta no se agota en una sola mirada. Si tienes la oportunidad, vuelve a ella otro día, con otra luz, con otro estado de ánimo. Es probable que te diga algo distinto. Esa es, quizá, la mayor riqueza de convivir con arte abstracto en casa: que cambia contigo.

Si te apetece practicar esa mirada en tu propia pared, en las colecciones de Bendíra hay láminas abstractas de composición serena, pensadas para mirarse despacio y volver a ellas muchas veces.

Para seguir leyendo: Qué es el arte abstracto: una guía para principiantes, Qué nos enseñan los museos sobre mirar arte y Arte y arquitectura: una relación que transforma espacios.

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