Casi todos tenemos alguno. Un cuenco de cerámica que era de la abuela y que se usa, todavía, para las mismas cosas. Una silla que ha sobrevivido a cuatro mudanzas. Un libro con las esquinas dobladas y anotaciones a lápiz en los márgenes. Una lámina que colgamos en nuestro primer piso compartido y que, muchos años y muchas casas después, sigue en una pared. No son necesariamente los objetos más caros que hemos tenido, ni los más bonitos. Son los que se han quedado. Y en una época en la que tantas cosas se compran para durar una temporada, merece la pena preguntarse qué hace que algunos objetos permanezcan, y por qué eso nos importa tanto.
Lo que se va y lo que se queda
Vivimos rodeados de objetos que entran y salen de nuestra vida a gran velocidad. Muchos están pensados para durar poco, o al menos para ser reemplazados pronto: por una versión más nueva, por un color de temporada, por un estilo distinto. No hay nada de malo en renovar, pero esa rotación constante tiene un efecto curioso: cuanto más cambia lo que nos rodea, más valor adquieren las pocas cosas que se quedan.

Los objetos que permanecen se convierten, con el tiempo, en algo más que objetos. Son testigos. Acompañan etapas, recuerdan lugares, guardan la huella de las manos que los usaron. Una mesa con marcas de muchos años de comidas cuenta una historia que ninguna mesa nueva puede contar.
Por qué algunos objetos se quedan
Si pensamos en los objetos que han permanecido en nuestra vida, suelen compartir algunas cosas.

La primera es el significado. Se quedan porque nos importan: porque nos los regalaron, porque los elegimos en un momento especial, porque nos recuerdan a alguien. El vínculo emocional es, probablemente, lo que más protege a un objeto del olvido.
La segunda es una cierta calidad. No necesariamente lujo, sino una manera de estar hechos que resiste el uso: materiales nobles, construcción cuidada, la posibilidad de repararse cuando algo falla.
La tercera es un diseño que no envejece mal. Los objetos muy ligados a una moda concreta suelen cansar pronto; los que tienen formas sencillas y equilibradas se adaptan a casas y épocas distintas sin parecer anticuados.
Y la cuarta, quizá la más olvidada, es el cuidado. Un objeto permanece también porque alguien lo cuida: lo limpia, lo protege, lo repara, lo guarda bien cuando no se usa.
El arte como objeto que permanece
Las obras de arte que colgamos en casa pueden ser uno de esos objetos que se quedan. Una lámina elegida con cariño acompaña mudanzas, se descuelga y se vuelve a colgar, cambia de habitación, se mira de otra manera con los años. Muchas personas recuerdan perfectamente la primera obra que colgaron en su casa, aunque no recuerden casi nada de los muebles que tenían entonces.

Para que una obra permanezca, sirven las mismas claves que para cualquier otro objeto. Que tenga un significado para nosotros, que esté bien hecha, que su imagen no dependa de una moda pasajera y que la cuidemos: lejos del sol directo, protegida de la humedad, bien enmarcada. Lo contamos en cómo conservar tus láminas artísticas durante años.
Sin prometer la eternidad
Conviene, eso sí, ser honestos. Nada dura para siempre, y los objetos de papel tampoco. Una lámina, como cualquier obra sobre papel, puede cambiar con el tiempo según la luz que reciba, la humedad del ambiente o los materiales con los que se enmarque. Nadie debería prometer que una obra permanecerá intacta eternamente.

Lo que sí se puede hacer es elegir con intención y cuidar con atención. Y quizá esa sea la clave del valor de los objetos que permanecen: no que sean indestructibles, sino que hemos decidido que merece la pena conservarlos.
Elegir para quedarse
Antes de comprar algo para casa, sea un mueble, una cerámica o una obra, puede ser útil hacerse una pregunta sencilla: ¿me imagino teniendo esto dentro de diez años? No siempre la respuesta será sí, y no pasa nada. Pero cuando lo es, merece la pena elegir con un poco más de cuidado.
En Bendíra intentamos hacer obras que respondan a esa pregunta: imágenes sencillas, sin prisa, pensadas para acompañar una casa durante mucho tiempo y para convivir con esos otros objetos que, como ellas, han venido para quedarse.
Para seguir leyendo: Por qué creemos en el arte impreso, Coleccionar sin prisa: una relación personal con el arte y El papel, la tinta y la belleza de lo tangible.