Un membrillo colgado de un hilo. Un repollo suspendido en la penumbra. Un melón partido, un pepino apoyado en el borde de una repisa de piedra. Pocas imágenes son tan humildes como estas, y pocas tan inquietantes. Hace más de cuatro siglos, en Toledo, un pintor llamado Juan Sánchez Cotán pintó escenas así, con una quietud tan intensa que todavía hoy parecen detener el tiempo. El bodegón, o naturaleza muerta, es probablemente el género pictórico más modesto en apariencia: objetos cotidianos, sin personas, sin historia. Y sin embargo, ha resultado ser uno de los más resistentes, capaz de reinventarse una y otra vez, hasta llegar a la fotografía contemporánea.
Un género de objetos
Un bodegón es una representación de objetos inanimados: frutas, verduras, flores, piezas de caza, vasijas, libros, instrumentos. En español, la palabra viene de bodega, el lugar donde se guardaban los alimentos; en otras lenguas se llama «naturaleza muerta» o «vida quieta», como el inglés still life.
Aunque existen antecedentes en la Antigüedad, el bodegón como género independiente se consolidó en Europa a finales del siglo XVI y en el XVII, especialmente en los Países Bajos y en España.
La tradición española
El bodegón español del Siglo de Oro tiene un carácter muy propio: austero, silencioso, casi místico. Sánchez Cotán, a principios del siglo XVII, colocaba unos pocos alimentos en un marco de piedra oscuro, iluminados por una luz lateral intensa, con un orden casi geométrico. Francisco de Zurbarán, unas décadas más tarde, pintó bodegones de una sencillez extraordinaria: unas vasijas alineadas sobre una mesa, unos limones en un plato, con una luz que convierte cada objeto en algo casi sagrado.
Frente a la abundancia de los bodegones flamencos y holandeses, llenos de manjares, cristalería y riqueza, el bodegón español apostó por la contención. Y esa contención es la que más ha influido en el arte posterior.
Vanitas y abundancia
En los Países Bajos del siglo XVII, el bodegón tomó otros caminos. Los bodegones de abundancia mostraban mesas desbordantes de comida, plata y cristal, como celebración de la prosperidad. Y las vanitas añadían calaveras, velas consumidas, relojes o flores marchitas, como recordatorio de que la vida es breve y los placeres, pasajeros. Muchos bodegones, incluso los más festivos, tenían ese doble fondo: celebrar lo material y recordar su fragilidad.
El siglo XX: forma y silencio
En el arte moderno, el bodegón se convirtió en un laboratorio. Cézanne usó manzanas y jarras para replantear la forma y el espacio. Los cubistas descompusieron guitarras, botellas y periódicos sobre la mesa. Y el italiano Giorgio Morandi dedicó buena parte de su vida a pintar una y otra vez las mismas botellas, jarras y cajas, en variaciones sutilísimas de tono y luz, convirtiendo el bodegón en meditación.

La fotografía contemporánea
La fotografía adoptó el bodegón casi desde su invención, porque los objetos quietos eran ideales para las largas exposiciones de los primeros tiempos. Hoy el género vive un momento muy fértil, tanto en la fotografía artística como en la publicitaria y editorial.
Un ejemplo interesante es el del fotógrafo alemán Wolfgang Tillmans, que ha trabajado el bodegón con objetos cotidianos, restos de comida, flores en una ventana, frutas sobre una mesa. Según el Metropolitan Museum, a mediados de los años noventa Tillmans profundizó en el género y buscó la pintura de Zurbarán y Caravaggio. La colección del Banco de España conserva una obra suya de 2001, New L.A. Still Life, que la propia colección vincula con la tradición del bodegón barroco español. Cuatro siglos después, la quietud de Sánchez Cotán y Zurbarán sigue inspirando.
Por qué funciona en casa
El bodegón tiene una cualidad que lo hace especialmente adecuado para el hogar: habla de lo cotidiano. Frutas, flores, vasijas, mesas: son las cosas que nos rodean en casa. Una lámina de bodegón en una cocina o un comedor dialoga con lo que ocurre allí; en un salón, aporta una nota de calma y de atención a lo pequeño.
Además, su lenguaje, la luz lateral, la composición contenida, la paleta reducida, encaja muy bien con interiores serenos. Y se presta a componer en la vida real: una lámina de bodegón sobre un aparador con algunas piezas de cerámica crea un juego de espejos entre la imagen y los objetos, como contamos en arte y cerámica: cómo crear una composición coherente.
La belleza de lo quieto
El bodegón nos enseña a mirar lo que normalmente no miramos: un limón, una jarra, la luz sobre una mesa. Desde Toledo en el siglo XVII hasta la fotografía de hoy, el género sigue proponiendo lo mismo: detenerse. Ampliamos la mirada sobre la fotografía en la fotografía como arte en casa.
Para ver la tradición española del bodegón, el Museo del Prado conserva obras de Zurbarán, Sánchez Cotán y otros maestros del género.
Para seguir leyendo: Arte para cocinas: dónde colocarlo y cómo protegerlo y La sombra como elemento de composición fotográfica.