Ante una obra de arte, una de las primeras cosas que hacemos, casi sin darnos cuenta, es preguntarnos qué representa. Si reconocemos un rostro, un paisaje, un jarrón con flores, sentimos que pisamos terreno conocido. Si solo vemos manchas de color, líneas y formas, la pregunta queda en el aire. Esa diferencia entre lo que se reconoce y lo que no está en la base de una de las distinciones más habituales del arte: la que separa el arte figurativo del abstracto. Es una distinción útil, pero también más matizada de lo que parece. Entre un retrato realista y un campo de color puro hay un territorio enorme, lleno de obras que juegan con las dos maneras de mirar.
El arte figurativo: reconocer el mundo
Llamamos figurativo al arte que representa figuras, objetos, paisajes o escenas reconocibles del mundo real. Es, durante la mayor parte de la historia del arte occidental, la forma dominante: los retratos, las escenas religiosas, las naturalezas muertas, los paisajes. Pensemos en un retrato de Velázquez o en una playa luminosa de Sorolla: sabemos lo que vemos, y a partir de ahí disfrutamos de cómo está pintado.


Figurativo no significa necesariamente realista. Hay arte figurativo muy fiel a la apariencia de las cosas, casi fotográfico, y arte figurativo muy estilizado o simplificado, como una ilustración de trazos sencillos o una figura reducida a unas pocas líneas. Lo que lo define es que seguimos reconociendo el tema.
El arte abstracto: forma, color y gesto
El arte abstracto, en cambio, no busca representar con fidelidad la realidad visible. Trabaja con los elementos propios de la imagen, como la forma, el color, la línea, la textura y el gesto, y su significado no depende de que reconozcamos un objeto. Puede partir de algo real y simplificarlo hasta hacerlo irreconocible, o no partir de nada externo. Lo explicamos con detalle en qué es el arte abstracto: una guía para principiantes.

Ante una obra abstracta, la pregunta «¿qué representa?» deja de ser la más útil. Funciona mejor preguntarse qué sentimos, qué relaciones vemos entre los colores, hacia dónde se mueve la composición.
Un espectro, no dos cajas
La distinción entre figurativo y abstracto es práctica, pero la realidad del arte es un espectro continuo. En un extremo, el realismo más minucioso; en el otro, la abstracción pura. Y entre ambos, una infinidad de matices.
Hay obras estilizadas, que representan algo reconocible pero muy simplificado, como un árbol reducido a un tronco y una copa redonda. Hay obras semiabstractas, en las que todavía se intuye un tema, como un paisaje, una figura o una ciudad, aunque la forma y el color dominen sobre la representación. Muchos de los movimientos más importantes del siglo XX, del cubismo al expresionismo, se movieron precisamente en ese territorio intermedio.
Además, las fronteras se cruzan constantemente. Muchos artistas abstractos empezaron siendo figurativos, como Mondrian, que llegó a sus composiciones de líneas a partir de árboles y paisajes. Y muchas obras figurativas contienen, en su composición, una lógica abstracta de formas y colores.
Lo que ofrece cada uno
Ninguna de las dos maneras es superior. Cada una ofrece cosas distintas.

El arte figurativo ofrece reconocimiento, relato y cercanía. Un paisaje puede recordarnos un lugar; un retrato, una persona; una escena, una historia. Suele ser más inmediato y permite conexiones directas con nuestra experiencia.
El arte abstracto ofrece libertad, apertura y una relación más sensorial. No nos dice qué ver, sino que nos deja espacio. Por eso puede convivir con nosotros durante años sin agotarse, revelando cosas distintas según el momento.
Cómo elegir para casa
En casa, la elección depende más de lo que buscas que de cualquier regla. Si quieres que una obra cuente algo concreto, te recuerde un lugar o tenga un tema reconocible, el arte figurativo, sea un paisaje, una botánica o una fotografía, es probablemente tu camino. Si prefieres una presencia más abierta, que aporte color, ritmo y calma sin imponer un tema, la abstracción te dará más libertad.

También influye el espacio. En un dormitorio, una abstracción suave o un paisaje sereno pueden ser igual de tranquilos. En un despacho, una obra abstracta puede distraer menos que una escena llena de detalles. En un comedor, una naturaleza muerta figurativa puede invitar a la conversación.
Y, por supuesto, se pueden mezclar. Una pared con una abstracción y un paisaje, o con una fotografía y un dibujo de línea, puede ser muy rica si comparten paleta o marco. Lo explicamos en cómo combinar cuadros de diferentes tamaños y estilos.
Dos maneras, una mirada
Figurativo o abstracto, al final se trata de dos maneras de mirar el mundo: una que lo reconoce y otra que lo transforma. Muchas de las obras más interesantes viven entre ambas, y muchas de las casas más bonitas también.
En las colecciones de Bendíra conviven ambos registros: paisajes reducidos a lo esencial, como colinas, mareas y soles bajos, que se sitúan a medio camino entre la figuración y la abstracción, y composiciones de formas puras.
Para seguir leyendo: Arte moderno y contemporáneo: diferencias principales, Cómo mirar una obra de arte abstracto y Ilustración editorial: imágenes que cuentan ideas.