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Cultura visual

El papel de las texturas en las imágenes impresas

Macro de una serigrafía que muestra la capa de tinta ligeramente en relieve

Acércate a una pintura al óleo en un museo y verás cómo la luz se posa sobre los relieves de la pintura, cómo una pincelada gruesa proyecta una pequeña sombra, cómo el lienzo asoma entre capas de color. Ahora acércate a una buena reproducción de esa misma pintura: verás la pincelada, el relieve, quizá el tejido del lienzo, pero si pasas la yema del dedo, la superficie será lisa. La textura está ahí, pero solo para los ojos. Esa diferencia entre la textura que se ve y la que se toca es una de las más interesantes del arte impreso, y entenderla ayuda a mirar las láminas con más conocimiento y a elegirlas con expectativas realistas.

Dos tipos de textura

En el arte visual, la palabra textura puede referirse a dos cosas distintas.

Macro de la textura de un papel mate con luz rasante junto a una pieza de cerámica artesanal; borde de lámina ocre

La textura física o real es la que tiene la superficie de la obra y se puede percibir al tacto: el relieve de una pintura con mucha materia, el grano de un papel de acuarela, la superficie rugosa de un grabado en relieve, el espesor de la tinta en una serigrafía.

La textura representada o visual es la que se ve en la imagen, pero no existe físicamente en la superficie: la rugosidad de una piedra en una fotografía, el pelo de un animal en un dibujo, la pincelada de una pintura reproducida en una lámina. Es una ilusión creada con luces, sombras, líneas y matices de color.

La ilusión de la textura

Los artistas llevan siglos creando la ilusión de texturas sobre superficies lisas. Un buen pintor puede hacer que un terciopelo parezca suave al tacto, que una piedra parezca áspera o que el agua parezca húmeda, sin que la superficie del cuadro cambie. Los grabadores consiguen texturas con redes de líneas cruzadas; los fotógrafos, con la luz rasante que revela el relieve de las cosas.

Lámina abstracta completa enmarcada, con formas plegadas y colores suaves
Detalle ampliado de la misma lámina abstracta, que muestra la textura y los bordes de las formas

En una lámina impresa, toda la textura de la imagen es, en principio, representada. Una reproducción de una acuarela muestra el grano del papel original, las manchas, los bordes de las aguadas, pero lo hace de forma visual. Cuanto mejor es la reproducción, más convincente es esa ilusión.

Lo que una reproducción no puede dar

Conviene ser honestos: una lámina impresa no reproduce la textura física de una obra original. El relieve de una pintura al óleo, el espesor de una pincelada, la superficie de un collage con distintos papeles: todo eso se pierde al imprimir sobre una superficie plana. La imagen lo muestra, pero no lo tiene.

Existen técnicas especiales que intentan añadir relieve a las reproducciones, como los barnices aplicados sobre la impresión que imitan pinceladas. Son una opción, pero no recuperan la obra original; crean otra cosa.

Saber esto no resta valor a las láminas. Simplemente ayuda a entender qué son: una manera de convivir con una imagen, no una copia exacta de un objeto.

La textura propia del papel

Hay, sin embargo, una textura física que sí tiene una lámina: la de su propio papel. Un papel mate con un grano sutil, uno con textura de algodón o uno liso y satinado ofrecen sensaciones muy distintas al tacto y, sobre todo, a la vista. La manera en que la luz se posa sobre la superficie del papel cambia la percepción de la imagen.

Macro de bordes de papel rasgado superpuestos, con las fibras blancas visibles en el borde

Un papel con textura aporta una calidez y una presencia material que pueden enriquecer la obra, especialmente en reproducciones de acuarelas, dibujos o pinturas de colores suaves. Un papel liso deja que la imagen domine y es más adecuado para detalles muy finos o fotografía. Lo explicamos en cómo influye el papel en una reproducción artística.

Y hay técnicas de impresión con textura física propia, como la serigrafía, en la que la tinta forma una capa ligeramente perceptible, o la tipografía tradicional, que deja un pequeño hundimiento en el papel. Son técnicas distintas de la impresión digital.

La luz revela la textura

Tanto la textura real como la representada dependen de la luz. Una luz rasante, que llega de lado, revela el relieve de la superficie; una luz frontal y difusa lo aplana. Por eso una misma lámina puede parecer más o menos táctil según la hora del día o la lámpara que la ilumine.

Fotografía enmarcada en primer plano de la textura de una piedra, en tonos grises

Si te gusta la textura del papel, cuelga la lámina en un lugar donde reciba luz lateral, y fíjate en cómo cambia a lo largo del día. Hablamos de la luz en arte y arquitectura: una relación que transforma espacios.

Elegir con expectativas realistas

Si buscas la textura física de una pintura, como el relieve de la materia o la huella del pincel, necesitas una obra original. Si buscas convivir con una imagen bella y con una superficie agradable, una lámina en un buen papel puede darte mucho: una textura representada convincente y la textura sutil y real de su soporte.

Las láminas de Bendíra se imprimen sobre papel fine art mate, cuya superficie, sin brillo, deja percibir el papel como material; la textura que se ve en algunas obras, como el grano o el trazo, forma parte de la imagen, no de un relieve añadido.

Para seguir leyendo: El papel, la tinta y la belleza de lo tangible, Collage artístico: recortes, memoria y composición y Qué nos enseñan los museos sobre mirar arte.

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