En muchas casas había, y en algunas sigue habiendo, una caja de zapatos llena de fotografías. Copias con los bordes blancos, algunas con fechas escritas a mano en el reverso, otras con los colores ya virados hacia el naranja. De vez en cuando, en una sobremesa o una tarde de lluvia, alguien la sacaba y la familia pasaba horas mirándolas, contando historias, preguntando quién era aquella persona al fondo de una boda. Hoy hacemos muchas más fotografías que nunca, pero rara vez las miramos así. Viven en el móvil, en la nube, en carpetas que nadie abre. Esa diferencia dice mucho sobre la relación entre la fotografía y la memoria, y sobre el lugar que las imágenes ocupan en nuestras casas.
La fotografía como huella
Desde su invención en el siglo XIX, la fotografía ha tenido una relación especial con el recuerdo. A diferencia de una pintura o un dibujo, una fotografía nace de un momento real: alguien estuvo ahí, la luz tocó esa escena y quedó registrada. Esa cualidad de huella es la que tantos pensadores han intentado explicar. El ensayista francés Roland Barthes, en su libro La cámara lúcida, reflexionó sobre cómo una fotografía puede traer de vuelta, con una intensidad inesperada, la presencia de alguien que ya no está. La escritora estadounidense Susan Sontag, en Sobre la fotografía, analizó cómo las imágenes moldean nuestra manera de recordar y de ver el mundo.

No hace falta haber leído esos libros para conocer esa experiencia. Basta con encontrar una foto antigua de alguien querido para sentir que, durante un instante, el pasado se hace presente.
Del álbum a la nube
Durante buena parte del siglo XX, hacer una fotografía tenía un coste: el carrete, el revelado, las copias. Por eso se hacían menos fotos y se elegían con más cuidado. Luego se guardaban en álbumes, se enmarcaban, se ponían en la puerta de la nevera. Eran objetos físicos que formaban parte de la casa.

Con la fotografía digital, y sobre todo con el teléfono móvil, todo eso cambió. Hoy podemos hacer cientos de fotos en un solo día sin coste aparente. Pero esa abundancia tiene una paradoja: cuantas más imágenes tenemos, menos las miramos. Muchas se quedan en la memoria del teléfono, mezcladas con capturas de pantalla y recibos, y nunca vuelven a ver la luz.
Imprimir como gesto de elección
En ese contexto, imprimir una fotografía se ha convertido en un gesto casi deliberado. Elegir una imagen entre miles, llevarla al papel y colgarla en una pared es decidir que esa merece quedarse, que queremos verla cada día. Es un acto de selección que el álbum infinito del móvil no exige.
Una fotografía impresa, además, cambia de naturaleza. Deja de ser un archivo y se convierte en un objeto: tiene un tamaño, un papel, un marco, un lugar en la casa. Se ve de pasada al salir por la mañana, se señala cuando llegan visitas, envejece con nosotros. Hablamos de esa relación con los objetos en el valor de los objetos que permanecen.
Lo que no conviene prometer
A menudo se lee que rodearse de fotografías familiares tiene efectos concretos en el bienestar o en el estado de ánimo. Conviene ser prudentes. Cada persona vive su relación con las imágenes de una manera distinta, y para algunas, ciertas fotografías pueden traer recuerdos dolorosos. Lo que sí podemos decir es que elegir qué imágenes queremos tener a la vista es una manera de decidir qué recuerdos queremos tener presentes.

Cómo devolver las fotos a casa
Si te apetece devolver algunas fotografías a las paredes, hay maneras sencillas de hacerlo con cuidado. Elige pocas y bien, más que muchas. Una pared con tres fotografías significativas dice más que una con treinta. Unifica marcos o paspartús para que imágenes de épocas y calidades distintas convivan con armonía. Combina fotografías personales con otras obras, como láminas o dibujos, que compartan paleta o espíritu: la mezcla suele resultar más rica que una pared solo de fotos familiares. Y renuévalas de vez en cuando: cambiar las fotos de sitio, o sustituir alguna, es una manera de volver a mirarlas.

Si son copias antiguas, merece la pena protegerlas: lejos del sol directo, con paspartú y, si es posible, escaneadas para conservar una copia digital. Para imprimir nuevas copias en buen tamaño, ten en cuenta la resolución del archivo, como explicamos en qué resolución necesita una imagen para imprimir arte.
Las imágenes que elegimos recordar
La fotografía doméstica no es solo un registro del pasado; es también una manera de construir el presente de una casa. Las imágenes que elegimos colgar dicen qué momentos, qué personas y qué lugares queremos seguir viendo.
En Bendíra no hacemos fotografía, pero nos interesa mucho esa conversación entre lo personal y lo artístico: una lámina junto a una fotografía familiar puede crear una pared con memoria y con calma a la vez.
Para seguir leyendo: La fotografía como arte para nuestras paredes, Una pared como lugar para contar una historia y La historia de la ilustración botánica en Europa.